Relato participante en el I Concurso de Relatos Cortos Andrés Gutierrez de Cerezo. No ganador
Dieciséis años, esa edad en la que se juega a ser adulto. Jóvenes en un pueblo pequeño; en teoría, con más libertades que sus colegas de ciudad, aunque saben muy bien que cualquier vecino (¿con más tedio que maldad?) puede acechar con ojos inquisidores tras el cristal y llegar a ser más traicionero que la mismísima Gestapo.
Jaime y Rodrigo, dos chiquillos, naturalmente descerebrados, con ganas de comerse un mundo que consideran suyo, sin detenerse a pensar en unas consecuencias que ven muy lejanas, son de los que se dedican a animar el hastío invernal de una localidad como Belorado, donde todos saben de todos, donde el simple acto de tirar una piedra y romper el cristal de la ventana del cuñado de cualquiera, puede convertirse en un acto terrorista, que será castigado con una condena a galeras. Aun así, nuestros dos jóvenes son adictos a ese riesgo, sin el que las trastadas y la trasgresión de normas no tendrían ningún valor.
En estas andaban Jaime y Rodrigo, mientras fumaban un cigarrito en el sombrío camino del Verdeancho a la altura de la casa de Don Segundo; abrigados hasta las orejas, recordaban con sorna la gran ovación que habían conseguido aquella misma mañana, al llamar al profesor de matemáticas por su mote, en sus mismísimas narices. Se sentían héroes a los ojos de sus compañeros, pero, sobre todo, a los ojos de las chicas (que ya eran las que ocupaban la mayor parte de sus pensamientos). Resacosos de aquel difuminado poder, no tenían bastante: los dos miraban absortos las antiguas cuevas eremíticas, al pie del castillo1, cerradas a cal y canto a las visitas.