En el calor de la monotonía a veces aparece un rayo de luz que crees que te indica el final del camino, Pero no, ese rayo es solo una broma del destino que a veces juega cruelmente sus cartas. De nosotros depende saber usar esa luz para derrotar nuestros miedos. Lo bueno que tiene la oscuridad es que es que es cómoda, es un escondite para ocultar a los demás tu vergüenza. 

No verán así como tus ojos desprenden lágrimas amargas, unas lágrimas que sólo tú sabes por qué derramas. No quieres que te vean llorar. Tu fortaleza se encuentra entre esas sombras protectoras. Pero la otra cara de la moneda es la soledad. 

No eres sólo un recierdo

Te recuerdo.

No eres un recuerdo. Eres parte de mi.

¡Si pudieras verme ahora!
Tan distinta.

No sé si estarías orgullosa de mi.
Eso da igual. Sólo sé que querría verte una vez más.
Me faltó tiempo para entender lo que querías decir.

Si te habrías quedado más tiempo las cosas irían mejor.
Quizás tu marcha me ayudó a despertar,
a sentar la cabeza amueblada de tu voz,
pero con una capa de polvo que tu recuerdo ha llegado, con los años, a limpiar.

Si me vieras ahora sé que nada cambiaría,
sé que nada me dirías, pues ya todo me lo dijiste.

Soledad



2 / 7 / 2007

Quién piensa de veras que el sol le alumbrará en los días turbios de eterna soledad. Solo en el mundo piensas que estás, solo en el mundo a tu manera quizás. Dudas que te atormentan la mente y el cuerpo desgastan. Dudas, más dudas a tu alrededor. Si pudiera saber lo que piensan a veces, si pudiera saber lo que ocurre en su mente. Piensas que están y no están. Eso nunca podrás saberlo. Te reconcome la duda, la esencia de tu vida se apaga, tormento infinito a veces tan duro como la piedra de laderas ancestrales, montañas inertes, tan fuertes como frágiles.

Te sientes igual. Sin ganas de nada. Te encierras en ti de tal manera que a veces te das miedo. Solo existes tú. Tú no vas a herirte… ¿lo haces? Futuro turbio, soledad infinita, miedo al mundo. Sientes asco, autocompasión. La alegría se disipa. No quieres saber nada, ni que nadie sepa de ti. A veces desearías no estar, no pensar, no sufrir, no existir. La autoestima se diluye. No vales nada, no existes. No tienes nada, solo mucho que pensar. Fracasas como persona. Nauseas y más nauseas. No sabes qué pensar. La cabeza te da vueltas. No distingues, no sientes, piedra eres. Tus palabras te dan miedo. Te encierras y lloras ¿por qué? Ni tú mismo lo sabes. Lloras por llorar. No te conoces a penas.

El impostor

Marco intentaba plasmar sus sentimientos en un papel, mas no se atrevía a vomitar lo que su corazón sentía. No quería expresar lo que en realidad quería olvidar. No se atrevía a leer sus propios temores, sus propios tormentos. No quería leer que, aunque estaba rodeado de personas, él se sentía sólo, muy sólo.

No quería que sus fantasmas traspasaran la frontera de su alma y le atormentarán sobre papel: la vergüenza de ser lo que no queria ser por miedo a no aceptarlo, a confirmar que era un tarado que no había sabido aprovechar las oportunidades que había tenido de ser él mismo por miedo al qué dirán.

El juego del cosmos

La noche era oscura. Una sola estrella brillaba en el firmamento. ¿Por qué se escondían las demás? Sentían envidia de que nuestra estrella brillase más de lo que ellas jamás brillarían, y la castigaban con la iniferencia de la oscuridad. Pero ello no impedía brillar a la estrella. No podía evitar brillar.

El Sol, rey de los cielos, esperaba a veces a que la estrella durmiese para él brillar. El brillo de nuestra estrella era tan vigoroso que sentía admiración de una simple plebeya esclava de la Luna.

 A la Luna le daba igual que las estrellas brillasen, pues sabía que, en sus dominios, ella era la reina de la noche. Más bella que ninguna.

Estrellas

El chico abrió los ojos muy de mañana. Aún no tenía mejores cosas que hacer. Se desperezó al estilo tradicional y apartó de sus ojos dos grandes legañas que habían cumplido la mayoría de edad en la noche. Se lavó la cara, se vistió y andó.

Y siguió andando hasta estar en el centro del bosque, en un claro. Los pájaros cantaban ajenos a la presencia del chico. El chico, ajeno a los pájaros, entró en la cueva que se encontraba a su derecha.Nadie, salvo él, sabía encontrar esa cueva.

La cueva era eso, una cueva: fría, húmeda, con olor a moho, aunque no tan oscura como otras. Varias averturas en la pared dejaban entrar la luz solar formando un mosaico luminoso que ayudaba a desenlugubrecer el lugar. Era un espectáculo hermoso ver como la luz se encontraba a sí misma y se besaba en un juego ególatra, interrumpido a veces por el refrescante goteo de agua que seguramente brotaráría de una o varias hendiduras casi ocultas por la oscuridad y la vegetación.

Mal camino

Ella se tumbó en la cama y cerró los ojos: nada.

Viajó al pasado con la mirada pérdida en la oscuridad y cambió lo vivido ese dia. Sabía que no era verdad lo que imaginaba, pero, ya que no podía soñar dormida, lo hacía despierta, porque sabía que el mundo de los sueños es caprichoso, pero el de la imaginación manejable.

El pasado no puede borrarse, pero sí pulirse, como el mármol de las lápidas de aquellos que sí descansan en un mundo incierto, sin sueños, sin problemas, sin fantasías.

Amor

No quiero hablar de amor. No quiero amor.
Llevo tanto tiempo evitándolo que ahora ya no lo necesito. No ames. El amor es un colchón para la traición.
Un traidor no amado golpea, pero no mata. Lo que no significa nada no puede atravesarte el corazón.

¿Qué es el amor sino una debilidad? Lo que no te mata te hace más fuerte, pero una herida abierta por largo tiempo puede llegar a matarte. No ames: no lo necesitas.

Un alma débil que no ama aprende a hacerse fuerte. Aprende que, tarde o temprano, amor significa dolor.

No ames, no sufras ¿Puedes hacerlo? Yo no.


Guerra

Guerra y paz: No puede haber lo uno sin lo otro. Antónimos y, a la vez, complementarios.

El ser humano puede vivir en paz, pero no puede vivir sin guerra. Necesita demostrar a su enemigo que es más fuerte, que es mejor convivir en paz que vivir en guerra, aunque respire guerra, aunque ansíe guerra.

El ser humano es guerra, el ser humano necesita la guerra. La guerra es gen humano.

Dioses guerreros. Deidades sangrientas. Fanatismos. Totalitarismos. Todos los tiempos siempre han sido tiempos de guerra. De nada sirve fingir paz cuando todo es guerra. Nuestra sangre es guerra, guerrera es nuestra sangre.

Las Cuevas de San Caprasio

Relato participante en el I Concurso de Relatos Cortos Andrés Gutierrez de Cerezo. No ganador


Dieciséis años, esa edad en la que se juega a ser adulto. Jóvenes en un pueblo pequeño; en teoría, con más libertades que sus colegas de ciudad, aunque saben muy bien que cualquier vecino (¿con más tedio que maldad?) puede acechar con ojos inquisidores tras el cristal y llegar a ser más traicionero que la mismísima Gestapo.

Jaime y Rodrigo, dos chiquillos, naturalmente descerebrados, con ganas de comerse un mundo que consideran suyo, sin detenerse a pensar en unas consecuencias que ven muy lejanas, son de los que se dedican a animar el hastío invernal de una localidad como Belorado, donde todos saben de todos, donde el simple acto de tirar una piedra y romper el cristal de la ventana del cuñado de cualquiera, puede convertirse en un acto terrorista, que será castigado con una condena a galeras. Aun así, nuestros dos jóvenes son adictos a ese riesgo, sin el que las trastadas y la trasgresión de normas no tendrían ningún valor.


En estas andaban Jaime y Rodrigo, mientras fumaban un cigarrito en el sombrío camino del Verdeancho a la altura de la casa de Don Segundo; abrigados hasta las orejas, recordaban con sorna la gran ovación que habían conseguido aquella misma mañana, al llamar al profesor de matemáticas por su mote, en sus mismísimas narices. Se sentían héroes a los ojos de sus compañeros, pero, sobre todo, a los ojos de las chicas (que ya eran las que ocupaban la mayor parte de sus pensamientos). Resacosos de aquel difuminado poder, no tenían bastante: los dos miraban absortos las antiguas cuevas eremíticas, al pie del castillo1, cerradas a cal y canto a las visitas.

La farola

Era una noche de abril. Carlos miraba por la ventana. Llovía. No a cántaros. Era una ligera lluvia que no impedía a la gente caminar por las calles. Cabizbajo, observaba la luz de la farala de la acera de en frente. La gente seguía pasando, desprisa, a largas zanacadas. La noche era fría y húmeda. Heladora, pero vivificante. Como un mal verano.

Dede su ventana enrejada obervaba lo poco del rostro de los transeuntes que dejaban ver chubasqueros, capuchas y paraguas. Eran caras tristes para una noche tristre. Caras largas para una noche larga. Caras frías para una noche fría.

Carlos no tenía otra cosa mejor que hacer. A Carlos sólo le quedaba mirar por la ventana. Pero no hablemos más de Carlos. Sólo añadir que por razones ajenas a esta historia Carlos no podía separarse de su ventana enrejada.

La luz de la farola de en frente no era potente, pero sí iluminaba lo poco que capuchas, chubasqueros y paraguas dejaban ver. Rostros en consonancia con esa noche lluviosa de ese lluvioso abril. Esos rosotros de gentes con vidas aburridas e insulsas, que deambulaban por la calle de Carlos con prisa por llegar a sus casas y dejar atras esa lluviosa, húmeda, heladora y profunda noche, por dejar atrás la farola de en frente de la ventana de Carlos, sin saber que Carlos observaba cómo iban dejando atrás la farola, la acera, la calle: rostros entremostrados que poco a poco se fundían con la oscuridad que no iluminaba la farola.