El chico abrió los ojos muy de mañana. Aún no tenía mejores cosas que hacer. Se desperezó al estilo tradicional y apartó de sus ojos dos grandes legañas que habían cumplido la mayoría de edad en la noche. Se lavó la cara, se vistió y andó.
Y siguió andando hasta estar en el centro del bosque, en un claro. Los pájaros cantaban ajenos a la presencia del chico. El chico, ajeno a los pájaros, entró en la cueva que se encontraba a su derecha.Nadie, salvo él, sabía encontrar esa cueva.
La cueva era eso, una cueva: fría, húmeda, con olor a moho, aunque no tan oscura como otras. Varias averturas en la pared dejaban entrar la luz solar formando un mosaico luminoso que ayudaba a desenlugubrecer el lugar. Era un espectáculo hermoso ver como la luz se encontraba a sí misma y se besaba en un juego ególatra, interrumpido a veces por el refrescante goteo de agua que seguramente brotaráría de una o varias hendiduras casi ocultas por la oscuridad y la vegetación.