Cuentan las malas lenguas que una
pequeña raposa anidaba en un lugar del campo, entre pasto y matorral, muy
cerquita del pie de la montaña. Los hombres la perseguían, así que puso gran
empeño de cavar y cavar una profunda madriguera, profanando aquellas antiguas
entrañas areniscas y arcillosas típicas de la geología de aquellos parajes.
Pero, a veces, muchas veces, la mano del tiempo y la naturaleza son protectoras
sabias, dos encargadas de sepultar en la ignorancia y, a veces, bajo un tupido
velo de leyenda. Bajo capas y capas de mineral, dormitaba de manera plácida un
pequeño duende.
Quién sabe cómo y cuando llegó ahí. Pero resulta que ahí estaba
nuestro travieso bichillo, en la oscuridad de su guarida.