Ella se tumbó en la cama y cerró los ojos: nada.
Viajó al pasado con la mirada pérdida en la oscuridad y cambió lo vivido ese dia. Sabía que no era verdad lo que imaginaba, pero, ya que no podía soñar dormida, lo hacía despierta, porque sabía que el mundo de los sueños es caprichoso, pero el de la imaginación manejable.
El pasado no puede borrarse, pero sí pulirse, como el mármol de las lápidas de aquellos que sí descansan en un mundo incierto, sin sueños, sin problemas, sin fantasías.
Amor
No quiero hablar de amor. No quiero amor.
Llevo tanto tiempo evitándolo que ahora ya no lo necesito. No ames. El amor es un colchón para la traición.
Un traidor no amado golpea, pero no mata. Lo que no significa nada no puede atravesarte el corazón.
¿Qué es el amor sino una debilidad? Lo que no te mata te hace más fuerte, pero una herida abierta por largo tiempo puede llegar a matarte. No ames: no lo necesitas.
Un alma débil que no ama aprende a hacerse fuerte. Aprende que, tarde o temprano, amor significa dolor.
No ames, no sufras ¿Puedes hacerlo? Yo no.
Llevo tanto tiempo evitándolo que ahora ya no lo necesito. No ames. El amor es un colchón para la traición.
Un traidor no amado golpea, pero no mata. Lo que no significa nada no puede atravesarte el corazón.
¿Qué es el amor sino una debilidad? Lo que no te mata te hace más fuerte, pero una herida abierta por largo tiempo puede llegar a matarte. No ames: no lo necesitas.
Un alma débil que no ama aprende a hacerse fuerte. Aprende que, tarde o temprano, amor significa dolor.
No ames, no sufras ¿Puedes hacerlo? Yo no.
Guerra
Guerra y paz: No puede haber lo uno sin lo otro. Antónimos y, a la vez, complementarios.
El ser humano puede vivir en paz, pero no puede vivir sin guerra. Necesita demostrar a su enemigo que es más fuerte, que es mejor convivir en paz que vivir en guerra, aunque respire guerra, aunque ansíe guerra.
El ser humano es guerra, el ser humano necesita la guerra. La guerra es gen humano.
Dioses guerreros. Deidades sangrientas. Fanatismos. Totalitarismos. Todos los tiempos siempre han sido tiempos de guerra. De nada sirve fingir paz cuando todo es guerra. Nuestra sangre es guerra, guerrera es nuestra sangre.
El ser humano puede vivir en paz, pero no puede vivir sin guerra. Necesita demostrar a su enemigo que es más fuerte, que es mejor convivir en paz que vivir en guerra, aunque respire guerra, aunque ansíe guerra.
El ser humano es guerra, el ser humano necesita la guerra. La guerra es gen humano.
Dioses guerreros. Deidades sangrientas. Fanatismos. Totalitarismos. Todos los tiempos siempre han sido tiempos de guerra. De nada sirve fingir paz cuando todo es guerra. Nuestra sangre es guerra, guerrera es nuestra sangre.
Las Cuevas de San Caprasio
Relato participante en el I Concurso de Relatos Cortos Andrés Gutierrez de Cerezo. No ganador
Dieciséis años, esa edad en la que se juega a ser adulto. Jóvenes en un pueblo pequeño; en teoría, con más libertades que sus colegas de ciudad, aunque saben muy bien que cualquier vecino (¿con más tedio que maldad?) puede acechar con ojos inquisidores tras el cristal y llegar a ser más traicionero que la mismísima Gestapo.
Jaime y Rodrigo, dos chiquillos, naturalmente descerebrados, con ganas de comerse un mundo que consideran suyo, sin detenerse a pensar en unas consecuencias que ven muy lejanas, son de los que se dedican a animar el hastío invernal de una localidad como Belorado, donde todos saben de todos, donde el simple acto de tirar una piedra y romper el cristal de la ventana del cuñado de cualquiera, puede convertirse en un acto terrorista, que será castigado con una condena a galeras. Aun así, nuestros dos jóvenes son adictos a ese riesgo, sin el que las trastadas y la trasgresión de normas no tendrían ningún valor.
En estas andaban Jaime y Rodrigo, mientras fumaban un cigarrito en el sombrío camino del Verdeancho a la altura de la casa de Don Segundo; abrigados hasta las orejas, recordaban con sorna la gran ovación que habían conseguido aquella misma mañana, al llamar al profesor de matemáticas por su mote, en sus mismísimas narices. Se sentían héroes a los ojos de sus compañeros, pero, sobre todo, a los ojos de las chicas (que ya eran las que ocupaban la mayor parte de sus pensamientos). Resacosos de aquel difuminado poder, no tenían bastante: los dos miraban absortos las antiguas cuevas eremíticas, al pie del castillo1, cerradas a cal y canto a las visitas.
La farola
Era una noche de abril. Carlos miraba por la ventana. Llovía. No a cántaros. Era una ligera lluvia que no impedía a la gente caminar por las calles. Cabizbajo, observaba la luz de la farala de la acera de en frente. La gente seguía pasando, desprisa, a largas zanacadas. La noche era fría y húmeda. Heladora, pero vivificante. Como un mal verano.
Dede su ventana enrejada obervaba lo poco del rostro de los transeuntes que dejaban ver chubasqueros, capuchas y paraguas. Eran caras tristes para una noche tristre. Caras largas para una noche larga. Caras frías para una noche fría.
Carlos no tenía otra cosa mejor que hacer. A Carlos sólo le quedaba mirar por la ventana. Pero no hablemos más de Carlos. Sólo añadir que por razones ajenas a esta historia Carlos no podía separarse de su ventana enrejada.
La luz de la farola de en frente no era potente, pero sí iluminaba lo poco que capuchas, chubasqueros y paraguas dejaban ver. Rostros en consonancia con esa noche lluviosa de ese lluvioso abril. Esos rosotros de gentes con vidas aburridas e insulsas, que deambulaban por la calle de Carlos con prisa por llegar a sus casas y dejar atras esa lluviosa, húmeda, heladora y profunda noche, por dejar atrás la farola de en frente de la ventana de Carlos, sin saber que Carlos observaba cómo iban dejando atrás la farola, la acera, la calle: rostros entremostrados que poco a poco se fundían con la oscuridad que no iluminaba la farola.
Dede su ventana enrejada obervaba lo poco del rostro de los transeuntes que dejaban ver chubasqueros, capuchas y paraguas. Eran caras tristes para una noche tristre. Caras largas para una noche larga. Caras frías para una noche fría.
Carlos no tenía otra cosa mejor que hacer. A Carlos sólo le quedaba mirar por la ventana. Pero no hablemos más de Carlos. Sólo añadir que por razones ajenas a esta historia Carlos no podía separarse de su ventana enrejada.
La luz de la farola de en frente no era potente, pero sí iluminaba lo poco que capuchas, chubasqueros y paraguas dejaban ver. Rostros en consonancia con esa noche lluviosa de ese lluvioso abril. Esos rosotros de gentes con vidas aburridas e insulsas, que deambulaban por la calle de Carlos con prisa por llegar a sus casas y dejar atras esa lluviosa, húmeda, heladora y profunda noche, por dejar atrás la farola de en frente de la ventana de Carlos, sin saber que Carlos observaba cómo iban dejando atrás la farola, la acera, la calle: rostros entremostrados que poco a poco se fundían con la oscuridad que no iluminaba la farola.
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