La farola

Era una noche de abril. Carlos miraba por la ventana. Llovía. No a cántaros. Era una ligera lluvia que no impedía a la gente caminar por las calles. Cabizbajo, observaba la luz de la farala de la acera de en frente. La gente seguía pasando, desprisa, a largas zanacadas. La noche era fría y húmeda. Heladora, pero vivificante. Como un mal verano.

Dede su ventana enrejada obervaba lo poco del rostro de los transeuntes que dejaban ver chubasqueros, capuchas y paraguas. Eran caras tristes para una noche tristre. Caras largas para una noche larga. Caras frías para una noche fría.

Carlos no tenía otra cosa mejor que hacer. A Carlos sólo le quedaba mirar por la ventana. Pero no hablemos más de Carlos. Sólo añadir que por razones ajenas a esta historia Carlos no podía separarse de su ventana enrejada.

La luz de la farola de en frente no era potente, pero sí iluminaba lo poco que capuchas, chubasqueros y paraguas dejaban ver. Rostros en consonancia con esa noche lluviosa de ese lluvioso abril. Esos rosotros de gentes con vidas aburridas e insulsas, que deambulaban por la calle de Carlos con prisa por llegar a sus casas y dejar atras esa lluviosa, húmeda, heladora y profunda noche, por dejar atrás la farola de en frente de la ventana de Carlos, sin saber que Carlos observaba cómo iban dejando atrás la farola, la acera, la calle: rostros entremostrados que poco a poco se fundían con la oscuridad que no iluminaba la farola.



Los verdes ojos de Carlos no podían ver más allá de la ténue luz de la farola, pero sí clavarse en los rostros que iluminaba. Por unos segundos, por unos instantes, por unos momentos, Carlos veía como la luz de la farola iluminaba esos rostros tapados parte por la penumbra, parte por la capucha, el chubasquero, el paraguas... rostros oscuros de almas oscuras en una noche oscura. Que por un momento se veían lúcidas, iluminadas por la poca luz de la farola enfrente de su ventana.

Dormía de día, vivía de noche, pero siempre junto a su enrejada ventana. No tenía más remedio que quedarse junto a la enrejada ventana. No tenía más remedio. Aunque quisiera ser una de aquellas insulsas personas con el rostro semi tapado por chubasqueros, capuchas y paraguas, no tenía más remedio que quedarse junto a su enrejada ventana.¡Cuánto le hubiera gustado cambiar su suerte por la de los transeuntes que pasaban frente a su ventana! Pero no, no le quedaba otro remedio que mirarlos desde su enrejada ventana. Alma oscura por alma en pena tras la enrejada ventana.

Pasraon seis noches. ¡Seis! Seis noche viendo  las mismas insulsas personas, con las mismas insulsas almas, con los mismos insulsos rostros tapados por insulsos paraguas, insulsas capuchas e insulsos chubasqueros, vagando entre las insulsas sombras de esas insulsas y lluviosas noches de abrir, bajo la insulsa luz de la insulsa farola frente a la insulsa y enrejada ventana de Carlos.

Y, de pronto, oscuridad. No había ya ténue luz de farola, ni insulsos rostros frente a su enrejada ventana. Oscuridad, oscuridad nada más. Insulsa oscuridad. Los verdes ojos de Carlos no veían nada más que oscuridad. ¿Qué haría Carlos sin aquellos insulsos rostros bajo aquellos insulsos chubasuqeros, capuchas y paraguas que escondían insulsos rostros? Insulsos, y también mediocres. Pero esos rostros hacían que se olvidara de su propia mediocridad, de por qué no podía separarse de sus enrejada ventana, de por qué no podía dejar de mirar esos insultos y mediocres rostros semi tapados por chubasqueros, capuchas y paraguas. ¿Por qué? ¿Por qué Carlos no podía separarse de su enrejada ventana? ¿Imaginan por qué?

Carlos era antes una de esas insulsas personas que caminaban bajo la lluvia de una lluviosa noche de abril con el rostro tapado por paraguas, capuchas y chubasqueros. Aunque, entonces, no existía aquella farola con luz ténue frente a su enrejada ventana. Cruzó, cruzó la calle para entrar por la puerta bajo su enrejada ventana. Ruido de motor. Ruido de frenada. Ténue luz de faros antes de llegar a la puerta bajo su enrejada ventana. Luz más cerca, más cerca, más cerca... ¡Más cerca! Oscuridad.

Ahora Carlos no puede separarse de su enrejada ventana. Sencillamente, no puede caminar. Postrado en una silla que enreja su alma más que cualquier enrejada ventana, como la suya, observa los insulsos rostros de quellas insulsas personas semi tapados con paraguas, capuchas y chubasqueros. Cuando la ténua luz de la farola los ilumina, esa luz deja entrever un poco de su alma. Y eso es lo que Carlos observa cada noche: un alma. Un alma como la suya, que le fue arrebatada por no existir una farola frente a su enrejada ventana.