Los ojos se clavaron en algo. Algo que está fuera de éste encuadre, algo que él veía, pero que nadie sabe ¿Qué es lo que mira tan insitentemente el hombre? Mirada altiva, oscura, que hiela la sangre del otro cuando es el otro el que mira.
Las pupilas se dilatan, los rasgos se enfurecen... pero ese hombre no mira a nada, a nadie: solo a la muerte.
Muerte que acecha entre los árboles malditos, fundidos en claroscuros deprimentes. Él la mira con firmeza, la enfrenta, la desafía. Ésta instantánea es lo que las cuencas vacías de la parca observan de lejos, pues no se atreve a estar cerca.
Pues todavía su hora no ha llegado, pero ella está presente, vigilando con cautela, pues vueltas da la vida y su día podría ser cualquiera. Pero ella tiene miedo, miedo de esos ojos que se clavan en ella y espera con paciencia que un día se cierren para poder cruzar triunfante la laguna Estigia con su premio: el único hombre que no tuvo miedo de mirarla a los ojos.
