La raposa



Cuentan las malas lenguas que una pequeña raposa anidaba en un lugar del campo, entre pasto y matorral, muy cerquita del pie de la montaña. Los hombres la perseguían, así que puso gran empeño de cavar y cavar una profunda madriguera, profanando aquellas antiguas entrañas areniscas y arcillosas típicas de la geología de aquellos parajes. 

Pero, a veces, muchas veces, la mano del tiempo y la naturaleza son protectoras sabias, dos encargadas de sepultar en la ignorancia y, a veces, bajo un tupido velo de leyenda. Bajo capas y capas de mineral, dormitaba de manera plácida un pequeño duende. 

Quién sabe cómo y cuando llegó ahí. Pero resulta que ahí estaba nuestro travieso bichillo, en la oscuridad de su guarida.



De tan oscura que era, la raposa no se percató de su presencia. El miedo le hacía cavar más y más , y pasó de largo ante los ojos ya vivarachos del duende, que habíase despertado alerta por el extraño ruido de unas uñas cavando. Y vio la vía de escape en forma de túnel que tenía ante sus ojos. Y tras siglos de sueño, tenía ganas de jugar. 

Quién sabe lo que hizo el duende, pero nada volvió a ser igual. Los que antes eran amigos ahora no se hablaban, los que antes eran amantes ahora no se soportaban. 

Y la raposa, cavaba y cavaba, ignorando su culpa, ignorando que cuanto más se introducía en la vieja montaña, más duendes salían. Y que hasta los montes más fuertes tienen pequeños demonios cubiertos de duras capas de piedra que si son profanadas ya nada impide que sentimientos sepultados salgan otra vez a la luz…. ¿Para mal?