Soledad



2 / 7 / 2007

Quién piensa de veras que el sol le alumbrará en los días turbios de eterna soledad. Solo en el mundo piensas que estás, solo en el mundo a tu manera quizás. Dudas que te atormentan la mente y el cuerpo desgastan. Dudas, más dudas a tu alrededor. Si pudiera saber lo que piensan a veces, si pudiera saber lo que ocurre en su mente. Piensas que están y no están. Eso nunca podrás saberlo. Te reconcome la duda, la esencia de tu vida se apaga, tormento infinito a veces tan duro como la piedra de laderas ancestrales, montañas inertes, tan fuertes como frágiles.

Te sientes igual. Sin ganas de nada. Te encierras en ti de tal manera que a veces te das miedo. Solo existes tú. Tú no vas a herirte… ¿lo haces? Futuro turbio, soledad infinita, miedo al mundo. Sientes asco, autocompasión. La alegría se disipa. No quieres saber nada, ni que nadie sepa de ti. A veces desearías no estar, no pensar, no sufrir, no existir. La autoestima se diluye. No vales nada, no existes. No tienes nada, solo mucho que pensar. Fracasas como persona. Nauseas y más nauseas. No sabes qué pensar. La cabeza te da vueltas. No distingues, no sientes, piedra eres. Tus palabras te dan miedo. Te encierras y lloras ¿por qué? Ni tú mismo lo sabes. Lloras por llorar. No te conoces a penas.

El impostor

Marco intentaba plasmar sus sentimientos en un papel, mas no se atrevía a vomitar lo que su corazón sentía. No quería expresar lo que en realidad quería olvidar. No se atrevía a leer sus propios temores, sus propios tormentos. No quería leer que, aunque estaba rodeado de personas, él se sentía sólo, muy sólo.

No quería que sus fantasmas traspasaran la frontera de su alma y le atormentarán sobre papel: la vergüenza de ser lo que no queria ser por miedo a no aceptarlo, a confirmar que era un tarado que no había sabido aprovechar las oportunidades que había tenido de ser él mismo por miedo al qué dirán.

El juego del cosmos

La noche era oscura. Una sola estrella brillaba en el firmamento. ¿Por qué se escondían las demás? Sentían envidia de que nuestra estrella brillase más de lo que ellas jamás brillarían, y la castigaban con la iniferencia de la oscuridad. Pero ello no impedía brillar a la estrella. No podía evitar brillar.

El Sol, rey de los cielos, esperaba a veces a que la estrella durmiese para él brillar. El brillo de nuestra estrella era tan vigoroso que sentía admiración de una simple plebeya esclava de la Luna.

 A la Luna le daba igual que las estrellas brillasen, pues sabía que, en sus dominios, ella era la reina de la noche. Más bella que ninguna.