La noche era oscura. Una sola estrella brillaba en el firmamento. ¿Por qué se escondían las demás? Sentían envidia de que nuestra estrella brillase más de lo que ellas jamás brillarían, y la castigaban con la iniferencia de la oscuridad. Pero ello no impedía brillar a la estrella. No podía evitar brillar.
El Sol, rey de los cielos, esperaba a veces a que la estrella durmiese para él brillar. El brillo de nuestra estrella era tan vigoroso que sentía admiración de una simple plebeya esclava de la Luna.
A la Luna le daba igual que las estrellas brillasen, pues sabía que, en sus dominios, ella era la reina de la noche. Más bella que ninguna.
La admiración o la indiferencia, pues, no son preocupaciones para la estrella. El Sol y la Luna no son sus iguales, no son sus hermanas. Le dolía más el disfraz de desprecio de sus semejantes. No entendía cómo no podían comprender que la suma de todas ellas era lo que en verdad hacía grandes a todas, lo que en verdad podía hacer que la hegemonía del Sol y de la Luna peligrara.
Y ellos lo sabían. Y les convenía.
Puedes sentir indiferencia por alguien que sientes inferior a ti, y puedes admirar lo que sabes que jamás te hará sombra, pero la envida, la envidia es un sentimiento dirigido a un semejante que a veces brilla entre lo mundano. ¿No es de más provecho servirte de esa luz para que esos superiores sientan miedo de la turba que apagarla y condenar al cielo estrellado a la mediocridad?
Cuando no; no tienen nada que envidiar en cuanto a belleza al Sol o a la Luna, siempre que estén todas, todas juntas, brillando a la vez. Una más, otras menos, pero unidas. Que estar en un nivel inferior nos les impida brillar, y que ellas mismas no se dejen aplacar por sentirse menos que las demás.