Estrellas

El chico abrió los ojos muy de mañana. Aún no tenía mejores cosas que hacer. Se desperezó al estilo tradicional y apartó de sus ojos dos grandes legañas que habían cumplido la mayoría de edad en la noche. Se lavó la cara, se vistió y andó.

Y siguió andando hasta estar en el centro del bosque, en un claro. Los pájaros cantaban ajenos a la presencia del chico. El chico, ajeno a los pájaros, entró en la cueva que se encontraba a su derecha.Nadie, salvo él, sabía encontrar esa cueva.

La cueva era eso, una cueva: fría, húmeda, con olor a moho, aunque no tan oscura como otras. Varias averturas en la pared dejaban entrar la luz solar formando un mosaico luminoso que ayudaba a desenlugubrecer el lugar. Era un espectáculo hermoso ver como la luz se encontraba a sí misma y se besaba en un juego ególatra, interrumpido a veces por el refrescante goteo de agua que seguramente brotaráría de una o varias hendiduras casi ocultas por la oscuridad y la vegetación.



Alzó la cabeza y allí quedó clavado, en medio de la cueva, observando un gran agujero en su cúpula que dejaba ver un cielo azul. El chico trepó hacia el con una facilidad pasmosa, acariciando la pared rocosa en el punto exacto para poder lograr mayores resultados con el mínimo esfuerzo, aprovechando el regalo que la naturaleza le había hecho en forma de salientes, agujeros, grietas; que le permitían impulsarse y mantenerse en pie.

Llegó y se encaramó en un último esfuerzo en la boca del agujero. Era la única forma de acceder a la cima del montecillo que se alzaba a escasos metros. Más alto que todos los árboles, donde se podía ver más allá de las nubes. Una senda mostraba el camino a seguir. El muchacho subió y se tumbó sobre la hierba fresca que coronaba la cima. Cerró los ojos.

Abajo, las juguetonas luces dejaron de hacer diabluras ante la inminente presencia de la malvada luna que siempre cortaba su diversión en el mejor momento. Cuando el chico abrió los ojos el cielo estaba tejido con pespuntes de estrella. Bellas perlas brillantes sobre una mujer de tez oscura y azulada, una diosa de ébano ataviada con sus mejores galas antes de que el celoso sol la encuentre y la encierre.

Si el Sol supiera que el chico escalaba la cueva y subía la ladera sólo por ver a su amada ataviada de estrellas no tendríamos noche estrellada nunca jamás en la Tierra.