El impostor

Marco intentaba plasmar sus sentimientos en un papel, mas no se atrevía a vomitar lo que su corazón sentía. No quería expresar lo que en realidad quería olvidar. No se atrevía a leer sus propios temores, sus propios tormentos. No quería leer que, aunque estaba rodeado de personas, él se sentía sólo, muy sólo.

No quería que sus fantasmas traspasaran la frontera de su alma y le atormentarán sobre papel: la vergüenza de ser lo que no queria ser por miedo a no aceptarlo, a confirmar que era un tarado que no había sabido aprovechar las oportunidades que había tenido de ser él mismo por miedo al qué dirán.



Por no haber tenido el suficiente coraje de haber hecho lo que tenía que hacer, de haber permitido que pútridas almas disfrazadas de amistad jugarán con él como el niño consentido juega con su títere. A no haber sabido decir no.

A no haberse sentado a reflexionar en el mismo sillón en el que ahora mismo lloraba en silencio, en el que trataba de redactar un Réquiem al falso Marco. Falso Marco que a todos gustaba, menos a el.

Se arrepentía de no haber cumplido sueños por timidez, por miedo al fracaso, por no haberse querido y no creer merecer cosas buenas.

Hacía oídos sordos a susurros de animo porque iban dirigidas al Marco usurpador, al Marco que tanto odiaba, pero que todos estos años le proporcionó seguridad y protección, una coraza con la que no le romperían el corazón. Coraza de metal, jaula de oro que no dejaba su alma volar.

Nunca fue quien quiso ser, pero tampoco sabía quién quería ser.

Bajo esas palabras intenta hablar quien nunca tuvo voz, quien, con marchito corazón intenta alzarse en vano. Corazón marchito no tirado a la basura, pero tampoco abonado para que vuelva a crecer algo nuevo y bello. Tan hajado como oculto bajo un halo de mentira.

Palabras, sólo palabras de un loco Marco bajo las sábanas de seda de su celda de oro que nadie leerá. Y si alguien las lée, jamás las creerán, porque jamás saldrían de la pluma del falso Marco.