Las Cuevas de San Caprasio

Relato participante en el I Concurso de Relatos Cortos Andrés Gutierrez de Cerezo. No ganador


Dieciséis años, esa edad en la que se juega a ser adulto. Jóvenes en un pueblo pequeño; en teoría, con más libertades que sus colegas de ciudad, aunque saben muy bien que cualquier vecino (¿con más tedio que maldad?) puede acechar con ojos inquisidores tras el cristal y llegar a ser más traicionero que la mismísima Gestapo.

Jaime y Rodrigo, dos chiquillos, naturalmente descerebrados, con ganas de comerse un mundo que consideran suyo, sin detenerse a pensar en unas consecuencias que ven muy lejanas, son de los que se dedican a animar el hastío invernal de una localidad como Belorado, donde todos saben de todos, donde el simple acto de tirar una piedra y romper el cristal de la ventana del cuñado de cualquiera, puede convertirse en un acto terrorista, que será castigado con una condena a galeras. Aun así, nuestros dos jóvenes son adictos a ese riesgo, sin el que las trastadas y la trasgresión de normas no tendrían ningún valor.


En estas andaban Jaime y Rodrigo, mientras fumaban un cigarrito en el sombrío camino del Verdeancho a la altura de la casa de Don Segundo; abrigados hasta las orejas, recordaban con sorna la gran ovación que habían conseguido aquella misma mañana, al llamar al profesor de matemáticas por su mote, en sus mismísimas narices. Se sentían héroes a los ojos de sus compañeros, pero, sobre todo, a los ojos de las chicas (que ya eran las que ocupaban la mayor parte de sus pensamientos). Resacosos de aquel difuminado poder, no tenían bastante: los dos miraban absortos las antiguas cuevas eremíticas, al pie del castillo1, cerradas a cal y canto a las visitas.



La cabeza de Jaime empezó a funcionar poquito a poco, mientras los dos hablaban de la leyenda, mil veces narrada por sus mayores, acerca de estas cuevas. Toda serie de suposiciones pasaban por sus cabecitas, toda serie de elucubraciones, alimentadas por la fantasía de las series televisivas de moda… Por fin, el gusano de la curiosidad los mordió con fuerza. ¿Qué habría en el interior de aquellos cubiles centenarios? ¿Y si entraban a comprobarlo…?

1. Hoy solo se conserva, en estado ruinoso, lo que pudo ser en época medieval, la torre del homenaje de una gran fortaleza beliforana.


Las más que posibles consecuencias pasaban a segundo plano, comparadas con la emoción de hacer algo que nadie se había atrevido a hacer. Y algo que nadie se había atrevido a hacer, era sinónimo de más éxito en el grupúsculo social que, de lunes a viernes, se congregaba en las aulas del instituto. Además, supondría el anzuelo definitivo para que “ciertas sirenas” (que, normalmente al verlos, se iban con su música a otra parte) picasen el anzuelo. Sólo por convertirse en los protagonistas de sus canciones, ya merecía la pena infringir las leyes establecidas.



Comprobaron que no había moros en la costa, cosa que solía ser más que probable, y, refugiados en la oscuridad de la noche de invierno, saltaron la valla verde de la hermosa finca. La silueta de los árboles daba un aspecto irreal al jardín que tan bello aparecía a la luz del día. El imponente mastín que vigila la finca no cumple con sus obligaciones, lo que resulta un alivio para ellos. Con todo el silencio de que son capaces, suben la pequeña ladera que termina justo tras los muros de la iglesia de Santa María. Alumbrándose a duras penas con la luz que emite la pantalla de sus teléfonos móviles de última generación, encuentran, casi escondida tras la hiedra, una vieja puerta de madera que les cuesta tiempo y esfuerzo abrir para seguir su camino. Tras ella, hallan una pequeña y estrecha escalera de ladrillo. Enseguida, llegan a otra puerta que los separa de su objetivo, pero que pueden abrir con facilidad. Cruzan, así, el umbral que los separa del interior de la montaña, y, a la tenue luz de sus móviles, el nuevo escenario, toma, si cabe, un aspecto aún más espectral.



Oscuridad, oscuridad retenida en gruesas paredes de roca, recubiertas de una capa de polvo y telarañas, es lo único que vieron al principio. Estaban en una especie de túnel, que daba la sensación de que conducía al mismísimo corazón de la montaña. Siguieron andando, caminando con sigilo, por el oscuro pasillo rocoso, controlando el miedo que se siente al adentrarse en lo desconocido, en lo misterioso. Pero la excitación que sentían les ayudaba a superar ese miedo. Llegaron a una estancia más amplia, donde la luz de la luna se filtraba por las ventanas. En su interior había toda clase de cacharros y cachivaches, igualmente polvorientos. Hicieron las fotos que pudieron (como prueba de que habían estado allí). Era emocionante. (¡Menudo chamizo que podrían hacerse en esa cueva!). Sin duda era un lugar muy especial. Siguieron andando por pasillos similares, hasta que llegaron a otra cueva más pequeña que la anterior; pero ésta tenía algo diferente: al pisar, el suelo sonaba a hueco. Saltaron y el ruido fue más fuerte. Se rieron, el ruido los excitaba. Siguieron saltando y riendo. Continuaron durante minutos, hasta que el suelo se cansó de esos juegos infantiles, y se desplomó. Cayeron, y los gritos de sorpresa y desesperación se fundieron con la oscuridad…


Rodrigo abrió los ojos, pero no veía nada. Tenía frío. Palpó el terreno y tocó a Jaime, que parecía inconsciente (¿o muerto?). Lo agitó violentamente mientras repetía su nombre sin cesar: ¡Jaime!, ¡Jaime! ¡Despierta, Jaime! Notó cómo su compañero se movía, al fin, e intentaba contestarle. Un sentimiento de alivio recorrió todo el cuerpo del muchacho. Jaime se encontraba bien, aparentemente… Pero ¿dónde estaban? No se veía nada. Por desgracia, los móviles habían sufrido las consecuencias de la caída y habían quedado inservibles. No sabían tan siquiera si habían pasado horas o días enteros. No sabían si era de día o de noche. De repente, se sintieron realmente asustados: ¡La montaña parecía haberse cobrado venganza por ser profanada! ¿Y si de pronto el suelo terminaba, y caían otra vez, más hondo todavía? ¿Y si se despeñaban irremediablemente?... Nadie tiene tanta suerte por segunda vez.






Sentían frío. Por suerte, conservaban un mechero y lo encendieron; analizaron concienzudamente el lugar donde se encontraban. Estaban en un túnel muy estrecho, cuyas paredes eran lisas y rudimentariamente pulidas. Era evidente que se trataba de una obra humana, y eso les dio muchísima seguridad; pero, como es natural, seguían asustados y desorientados. La débil llama del mechero se apagó definitivamente. Gracias a Dios, el móvil de Jaime, aunque estropeado, emitía luz. Se guiarían por él.






El hueco por el que habían caído no adivinaba a verse, por lo que solo quedaban dos opciones: seguir hacia un lado o hacia el otro. Lo que no querían, bajo ningún concepto, era separarse. Decidieron al azar hacia dónde ir. El pasadizo era gélido y húmedo. Siguieron andando a buen ritmo. ¡Chap! ¡chap!, estaban pisando agua; un chorro fresco y abundante brotaba de la pared pedregosa y lo inundaba todo. El flumen reptaba hacia delante, hasta desaparecer a unos quinientos metros, en la pared contraria. Bebieron, tenían muchísima sed. Les reconfortó sobremanera un agua tan limpia y tan fresca. Lo malo era que no tenían comida, y casi ni tabaco. El lado positivo de todo esto era que, si permanecían mucho tiempo en el interior de la montaña, tendrían que dejar de fumar “por narices”: debían racionar la reserva de nicotina aunque les apetecía fumar a horrores. Continuaron hacia delante, siempre hacia delante. Ahora el camino se empinaba ligeramente. ¿Sería el final? Más animados, siguieron con la esperanza de encontrar pronto la luz del sol o la de las estrellas. ¡Pero no! Ahora el camino se bifurcaba nuevamente. La situación se complicaba. ¿Qué harían? Un buen cigarro les ayudaría a pensar…






Tras la breve pausa, decidieron continuar en línea recta. Anduvieron sin descanso por el camino monótono, pesado, tétrico, casi siniestro. ¡Plaf! Jaime se cayó. Había tropezado con algo. Eran los restos de un animal, tal vez de un cerdo de gran tamaño. El miedo se apoderó de ellos como una pesada losa: eso significaba que, posiblemente, no habría salida alguna. Jaime no pudo más, y rompió a llorar. ¿Por qué se metería en estos líos? Rodrigo trató de calmarlo como pudo: no debía preocuparse; seguramente, el animal habría muerto de hambre tras estar perdido durante muchos días. Ellos no tenían hambre y las fuerzas, por el momento, no les fallaban. Es más, estaba tan convencido de que iban a salir de ésta, que le dijo a Jaime que se llevaría un hueso como recuerdo. Eligió uno del costillar, el más grande que encontró. Por no llevarlo todo el tiempo en la mano, se lo puso en la pierna derecha ajustándoselo con el calcetín. ¡Cómo iban a presumir en clase!






Jaime pensó que su compañero tenía razón. Y es que el tono de voz de Rodrigo, inusualmente dulce, le había tranquilizado por completo. Sí, tenían que seguir hacia delante. En casos como éstos es donde se diferencia a los niños de los hombres, y ellos eran hombres hechos y derechos. La pantalla del móvil marcaba una raya menos de batería: debían darse prisa.


La senda seguía elevándose, aunque no era un camino duro de andar. Bajo tierra, la apuesta segura es ir hacia arriba, no hacia abajo, y esto suponía un punto a su favor.






De repente… ¡Una luz! Una luz todavía tenue, pero luz al fin y al cabo. El corazón les empezó a latir con fuerza. ¡Estaban salvados! ¡Un momento! ¿Seguro que estaban salvados? ¿Quién les garantizaba que esa luz no conducía a alguien o a algo potencialmente peligroso? No, debían ser cautos. Ellos, que habían conseguido vencer a la oscuridad, no podían sucumbir, al final, por precipitarse en exceso. Había que cerciorarse de si la luz era un obstáculo más o la solución que tanto esperaban. Caminaron hacia el resplandor, pero en el más absoluto de los silencios. Pronto distinguieron unas rugientes antorchas que alumbraban perfectamente todo el camino. Anduvieron con mucho cuidado para que sus sombras no les delatasen. De pronto, se encontraron ante una amplia estancia, toscamente amueblada; pero, que aún así, resultaba acogedora. Una gran olla con agua hervía encima de un fuego. El suelo estaba cubierto de alfombras parecidas a las que, a veces, les ofrecían los moros que van de bar en bar, vendiendo mil cacharros. También había una vieja mesa de madera y una cama que invitaba a descansar. ¡Pero todo exageradamente grande! En ese momento, el suelo empezó a temblar. No, no se trataba de un terremoto ni nada por el estilo; Eran, sin duda, ruidos de pasos; de pasos de algo que debía de ser enorme. Procedían del otro lado de la cueva. Vieron un pequeño cubil y se acurrucaron dentro de él. Desde allí, verían todo sin ser vistos. Ante sus ojos apareció un hombre cuyo aspecto les recordó a Ali Baba. Era descomunal; mediría casi tres metros. Tenía unos brazos musculosos y sus manos eran como palas. El hombrón venía de cazar… Una veintena de ratas colgaban de su cinturón, como si de perdices se tratasen. Se lo desabrochó y las puso en la olla. Un olor pestilente se apoderó poco a poco de la habitación. Se percataron de que el gigantón caminaba apoyado en un bastón y se movía con cierta dificultad. Parecía estar ciego. Por el contrario, su oído resultó ser excelente, pues oyó sin problema el pitido del móvil de Jaime, que se había quedado sin batería. ¡Qué horror! ¡Habían sido descubiertos!


- ¿Quién anda ahí? – Escucharon en un perfecto castellano.


- So… Somos Jaime y Rodrigo – Contestaron atropelladamente – Y tú, ¿quién eres?


El gigante se llamaba Ferragut, y parecía tener muchos, muchísimos años. Les contó que había nacido en un país oriental, y decía ser el señor legítimo de la ciudad de Nájera. Había sido herido, a traición, por un tal Roldán, y creyéndolo éste muerto, no tuvo más remedio que exiliarse, para que el nuevo señor de aquella ciudad no lo persiguiera, y acabara lo que había empezado.






Ante la sorpresa de los muchachos, les explicó que los gigantes tenían el don de la longevidad, aunque él ya era muy viejo. Sus sirvientes habían cavado este escondite para protegerlo, y que, así, pudiera recuperarse. Hicieron tal cantidad de pasillos laberínticos, que le había sido imposible encontrar la salida… hasta ahora. Les confesó también que su intención era salir de allí y arrasar a sangre y fuego todas las poblaciones que encontrase, en señal de venganza… Pero ahora que lo sabían todo, ¡no podía dejarlos marchar! El gigante, con un rápido movimiento, que hubiera sido impensable, teniendo en cuenta la corpulencia mastodóntica del sarraceno, agarró a Jaime, cubriéndole prácticamente todo el cuerpo con su manaza. El chico se agitó, pero le era imposible librarse de una mano así. Rodrigo no se lo pensó dos veces: cogió el hueso que tenía escondido bajo la pernera de su pantalón y se lo clavó con fuerza al gigante, a la altura del ombligo. Un grito desgarrador salió de la garganta de Ferragut, que soltó a Jaime al instante. La sangre salía a borbotones por la herida recién hecha, y el gigantón no conseguía sacarse algo tan diminuto. Los jóvenes, agarrando una antorcha, huyeron del gigante, que perdía sus fuerzas por momentos. Corrieron por galerías interminables, casi a la velocidad del rayo, totalmente asustados y desorientados. Estaban exhaustos por la falta de agua y de alimento, pero eso no les impedía continuar corriendo, siempre corriendo.






El aire cada vez estaba menos viciado, venía fresco de algún lugar… ¡Hasta que vieron luz! ¡La luz de la luna! Se veía claramente una abertura en la pared, sin necesidad ya de la antorcha. Sacando fuerzas de flaqueza, se dirigieron a la salida…


- Ánimo, Jaime, un poco más. Estamos salvados. Esto es… ¡Quintanilla, Quintanilla del Monte!


- Qué bien – repuso Jaime –, pero ¿qué ha sido del gigante?


- ¿Qué gigante? – inquirió Rodrigo – yo solo veo una preciosa luna.


- Sí. Es verdad. Vamos…, hace frío.