Abrió los ojos, pero no vio nada. Esa brisa que le rozó la cara y le animó a abrirlos no existía ya. Había pasado. No supo jamás si era una ilusión, o una caricia burlesca de los ángeles antes de abandonarlo para siempre.
Oscuridad. Un halo de negrura que opacaba la faz de los que emitían esos llantos que escuchaba rebotando en la nada. No podía saber dónde estaba. Creyendo haber salido al fin de la oscuridad que había encarcelado su ser tras encontrarse de frente con algo que no lograba recordar, la cruel dama negra no quería levantar el manto de su cara. Pero ¿por qué oía voces y lamentos que antes no estaban? ¿Por qué antes no era capaz de sentir nada? ¿Por qué antes no había nada en la Nada? Intentó mover la mano que antes tenía atada y notó una suave sábana de algodón que un día fue blanca, o eso creía él. Suelen serlo casi siempre, pero bajo el eterno hechizo de la noche hasta los colores casi no recordaba.
De pronto pudo sentir una esencia familiar. Olía a rosas y pensamientos recién cortados, a margaritas y azaleas en un jardín primaveral bañado por el rocío fresco de las mañanas, en las que veía el mundo lleno de color. En ese campo fresco y rebosante de vida en el que hacía el amor con su amor, antes de que ella se marchitara y la enfermedad se la llevara con Dios. Fue él quien cubrió el rostro de su amor con una tela de seda tan suave como su piel antes de que su cuerpo se sumergiera en el profundo agujero que habían preparado para ella en la tierra que le vio nacer, bajo un un viejo tejo que crecía robusto y resplandeciente al pie de una de las viejas montañas que tantas historias podrían contar si no fuera porque su bocas están hechas de roca, y la roca, fría como el acero de la espada que a un enemigo mata sin contemplación, no es capaz de sentir el calor de la vida que hace que se desate una ilusión, y el que no siente no es capaz de expresar un sentimiento puro de corazón, sino viles mentiras que es mejor no escuchar.
Aquella noche , lloró. Lloró una lágrima por cada palmo de tierra, por cada brizna de hierba que cubrían a su amor; por cada día que estaría sin ella; por cada noche en la que ya no saldrían las estrellas a velar por su sueños, pues, como la vida, ellas son tan crueles que ya no recuerdan lo que no pueden iluminar. Quizás tengan miedo de que las almas nobles suban al cielo como una estrella más joven que brille más que ellas, porque ellas, viejas ya, ya no pueden brillar. Quizás una vida que empieza les recuerde que la suya ha de terminar. Quizás les asuste la oscuridad.
Oscuridad. Casi la había olvidado, casi había olvidado que se encontraba bajo su influjo. Pero, sorprendentemente, no estaba incómodo. Algo sentía en su corazón. Lo oía palpitar, desenfrenado. Algo rozó su mano. Sintió un cálido aliento y unos labios familiares se fundieron con los suyos. La oscuridad desapareció. Ahí estaba ella, su amor.
Por ella no habían pasado los años.
Vio las largas raíces del tejo, retorciéndose, alimentándose de ese rocío que había calado hondo en la tierra, sediento de ese agua de la vida, aquella agua bendita que daba la vida. Gracias a ella había vida hasta en los lugares en los que la muerte reinaba.
Y ellos estaban muertos. Tan sólo cinco años pasaron desde que se despidieron, desde que se dieron el adiós ante el tejo milenario que, al contrario que la mezquina montaña, se compadeció del dolor que brotaba de un corazón sincero que perdió a su amada quizá antes de tiempo. Así, prometió cuidar de ella hasta el día que se reunieran de nuevo, para que juntos pudieran trepar por sus ramas y subir a cielo. Y allí, ser las estrellas que más brillen en la oscuridad.